Lo universal se abre, un poeta nacerá en el tiempo a su escritura, un libro que no es sólo un libro sino el momento donde la vida deja de pertenecer a un hombre, para ingresar en órdenes precisos que hacen que un largo poema de amor se extienda, entre planicies coloreadas, por las intensidades de geografías inventadas a grandes pinceladas. Poemas y colores, límites donde la métrica se ajusta a la palabra y el ritmo es el latido aconteciendo imágenes que se diluyen de a ratos, que se transforman en aguadas nubladas por el llanto, hasta alcanzar la voz con la tristeza. Nocturnos de amor, versos libres, versos atados a la tierra como cantos libertarios, cadenas apretadas, retorcidas, implacables. Aguas de la pasión, odas y llantos y así el poeta coloca una particular manera del exilio que toma forma de cuerpo de mujer, de poesía. Un llanto entre los llantos y el lugar de una nostalgia como una belleza hecha a jirones, arrancada del tiempo y de la vida. Un hombre entregado a sus abismos transforma su consistencia y se hace cristal de agua y es un llorar de letras, cataratas de luz convertidas en versos, selva radiante multiplicando los amores, arrojadas a la vida y el tiempo sufre un desgarrón de ausencias. Era el momento de nacer y el poeta estaba en este paroxismo del mundo abierto en flor para iniciar la espera, un vagido inicial, una pequeña música deteniendo los tiempos para que la poesía fuese la única presencia creadora, iniciadora de un vuelo que alcanzará el cenit después de atravesar todos los llantos hasta el llanto final. Un libro de amor, un libro donde la vida se hace posible porque es posible escribirla y el poema surge poderoso desplegando un vuelo donde vida y poesía se juntan para resolver la imposibilidad del desencuentro. Del mundo y para el mundo, una separación y su destino y llanto del nacer marca el inicio de un brindis como un derramamiento de esplendor y el mundo se convierte en una pequeña y bella flor que espera en medio de la selv